"Ante el papel blanco tiemblo como el muchacho ante la mujer desnuda."

Fernando González.

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20 de marzo de 2015

Nocturno vacilante en mi menor


“Y cuando se piensan cosas así acaba uno por sentir de veras mal gusto en la boca, y toda la sinceridad del mundo no paga el momentáneo descubrimiento de que uno es una pobre porquería”
Julio Cortázar


Eran cerca de las ocho cuando T. S. regresó a su departamento. Estaba un poco agotada por la larga jornada de trabajo, el molesto almuerzo al medio día, las quejas lagrimosas que buscan consuelo en ella y la monotonía que había adoptado en las últimas semanas la sesión de yoga. Tomó una ducha para confortarse. Pensaba mucho, aunque no sabía con certeza en qué; se sentía inquieta, aunque no sabía con seguridad el porqué; no encontraba las palabras que le permitieran atrapar y nombrar todo aquello que sentía; sólo sabía que era como tratar de navegar en río revuelto o, por momentos, como el crujir simultáneo de doscientos seis huesos en una siniestra sinfonía brahmsiana. Preparó algo para cenar siguiendo las prácticas contemporáneas, pastas al estilo napolitano. Luego quiso leer un poco, pero este pequeño y vano deseo desapareció rápidamente; en su lugar creció el antojo de salir a caminar. Quizá, pensó, caminar ayude a aclarar la mente y perder la sordidez y el desasosiego del espíritu.
Poco después de las once se encontró a sí misma caminando sin un rumbo definido por las calles afortunadamente solitarias. Amaba profundamente esas calles cuando estaban casi mudas, en ese momento en el que el ruido estridente de la ciudad, con sus precipitados humanos y sus humosos automóviles, estaba casi ausente. Caminó durante un rato sumida en sus pensamientos. Cuando retrajo su atención de nuevo al mundo, se sintió entusiasmada al ver la larguísima y desolada calle con sus faroles de alumbrado a lado y lado, sus ruidos muertos y su encanto de sitio abandonado, como el fin del mundo donde los leones lloran.
Cerca de la media noche quiso tomar algo, así que caviló por un momento a dónde ir. Supuso que el Café Abadía estaría cerrado a esa hora, pero recordó que había, cerca de allí, un pequeño bar muy agradable, sabía cómo llegar, aunque tardó un poco en rememorar su nombre: El rio sin fin. Pensó que la musicalidad del nombre estaría mejor en inglés, The endless river tenía una cadencia más encantadora que El rio sin fin. Se puso en marcha, aunque sin afán alguno. Luego de unos veinte minutos de camino llegó al bar, entró, se dirigió a la barra y pidió un Gin Fizz. Se perdió unos momentos en la música, sonaba Out of nowhere (en esa sabrosa ballad version de Charlie Parker) y en ella se sintió melodía, honda y vibración; reflexionó que la música es mucho más que un ruido agradable que acompaña las fiestas –como pensaba el viejo cascarrabias–. Este pequeño bar, con pocos clientes, era un lugar plenamente apropiado para sumergirse en sí misma. Luego de un par de horas y unos cuantos Gin Fizz (algunos de ellos con delicadas variaciones sugeridas por el bartender) quiso irse. Una vez más caminó sin rumbo, sin mapa ni brújula.
Luego de un rato caminando, quiso sentarse un momento a descansar, así que se dirigió a un pequeño parque. Caminó lenta y suavemente hasta elegir un lugar. Se sentó apaciblemente. Encendió un cigarrillo y fumó. Miró el humo ligero y armónico subir e irse desordenadamente, era como escuchar a Johnny Carter tocar anacrónica y fantásticamente su propia versión de Hesitant de Eric Johnson. Tras la aparente expresión de serenidad de su rostro se camuflaba su espíritu que experimentaba fuertes turbulencias. Trató, una vez más, de entender su agitación, comprendió que haber adquirido hábitos y rutinas constantes, como si fuese una hidra, no eran el motivo de su perturbación, porque su espíritu oscilante lograba decapitar, de cuando en cuando, alguna cabeza de la hidra para tener rupturas momentáneas y oxigenarse a sí misma. Supo, finalmente, que lo que aquejaba su espíritu era aquella enfermedad argentina que ataca muy deprisa, borra la sonrisa y cuyo único síntoma es que no importa nada. Quizá su enfermedad no era más que un profundo tedio que se veía interrumpido por ligeros atisbos de motivación.

Sintió un profundo dolor que rápidamente se transformó en un pánico que sentía ascender como el trepar reptante de las mancuspias. Quizá fuera el lugar, o la ginebra, o el cigarrillo, o el dolor de la reflexión o, a lo mejor, todo junto. Además, desde que salió de casa tuvo sensaciones exaltadas, con exageración de tiempo y distancia. El pánico era enorme, indomable y abrumador. Así que corrió, corrió tan rápido como las mefíticas exhalaciones de la ginebra se lo permitieron.  

Por: Andrés Ospina Ramírez

22 de mayo de 2011

Crónicas para leer en el sanitario.

Quizá muchas personas, al igual que yo, consideran que el cuarto de baño es uno de los lugares que proporcionan mayor paz, tranquilidad y seguridad. ¿Por qué? Pues, porque en la mayoría de las ocasiones es silencioso, generalmente está muy bien aseado (por lo menos el mío permanece así) y, además, tiene una extraña capacidad de inspirar confianza y serenidad. Por supuesto, no hay nada más gratificante que llegar a él cuando uno tanto lo ha ansiado. Hay quienes llegan a esta conclusión intuitivamente, otros, como es mi caso, comprendemos esto a partir de algún evento particular, evento que pocas veces se recuerda con gratitud.

Estaba disfrutando de una buena conversación y una buena cerveza en un bar un poco lejos de mi casa (aunque sería más adecuado decir muy en vez de poco), cuando un terrible deseo de saciar una necesidad fisiológica se apoderó de mí. Era irremediable, debía partir hacia mi hogar; pues el pudor y la vergüenza siempre me han impedido, o por lo menos dificultado enormemente, visitar otro sanitario que no sea el de mí querida morada. Así que, un poco apenado, le dije a la chica que me acompañaba que debía irme, ya que había recibido una llamada y era indispensable que partiera hacia mi casa (claro está, que ella no sabía que era el llamado de la naturaleza lo que yo debía atender); ella me preguntó, con una expresión de sincera preocupación, que si todo estaba bien, a lo cual respondí que no era nada grave, pero que aún así debía irme. Al parecer ella comprendió que era importante que me fuera y se despidió cariñosamente. Pensé que ahora que me había desecho de ella, podría hacer un viaje tranquilo hasta mi casa.

Todo empezó a ponerse mal justo antes de salir del bar. El mesero tardó diez minutos en llevarnos la cuenta. Mientras tanto el llamado de la naturaleza se hacía más fuerte, pero yo respiraba profundo, todavía estaba calmado y apacible. Por fin el mesero llegó, pagué las cervezas y me propuse caminar hasta una estación del metro que estaba cerca. Aparentemente fue una fortuna que la mujer que me acompañaba tomara un camino totalmente contrario al mío. Bueno, me dije, es cuestión de caminar un poco y aguantar el viaje, sólo es una hora, ¿qué podría pasar?... Pero, ¡cuán equivocado estaba! Comencé a caminar. A medio camino comenzó a llover, pero no era una leve brizna, ¡no!, era una lluvia torrencial, quizá muy similar a la que tuvo que presenciar Noe. A pesar de que el tiempo no estaba a mi favor, porque la naturaleza no dejaba de llamarme, decidí buscar un lugar para resguardarme de la lluvia. Esperé tranquilo y sosegado durante unos minutos. Cuando tuve la primera oportunidad (pues la lluvia dejó de ser tan intensa) retomé mi camino, ahora no sólo estaba urgido sino que también estaba mojado. Sentí un profundo alivio, aunque aún no era el alivio que más anhelaba, cuando vi, a sólo dos cuadras de distancia, la estación del metro. Todo va a estar bien, pensé. Pero yo no contaba con que dos respetables ciudadanos de esta bella ciudad habían decidido salir, en medio del aguacero, a buscar unos cuantos pesos. Estos dos honorables personajes se me acercaron, me hablaron amablemente, me contaron que eran dos buenas personas que se encargaban de vigilar aquella zona de cualquier tipo de malhechor, gañán, ladrón, atracador, violador y quien sabe qué otro tipo de delincuentes, y que justamente para velar por la seguridad de aquella oscura calle, era indispensable que revisaran mi medio de comunicación móvil y mis documentos. Por supuesto comprendí que estos amables sujetos, con su lenguaje refinado y su convincente historia, sólo querían atracarme, robarme, saquearme, expropiarme de mi teléfono celular y mi dinero. Pensé en correr, gritar o, en el peor de los casos, atacarlos, pero como soy un individuo pacífico, enclenque y con un fuerte sentido de conservación de mí mismo, decidí entregarles lo que me pedían. Claro está que rogué que me dejaran, por lo menos, un poco de dinero para poder regresar a mi casa. Ellos, amables y comprensivos, accedieron a mi petición.

Ahora ya no estaba tan calmado, ustedes entenderán, no es sencillo aguantar y contener las necesidades del cuerpo, y menos cuando uno está emparamado y ha sido robado. Me dispuse a reanudar mi camino. Maldecía mi suerte y esta inmunda y pútrida ciudad de hampones, desdeñaba de vivir tan lejos de donde me encontraba, y me quejaba de no estar ya en mi casa para expulsar el tormento que me carcomía por dentro.

Logré llegar, por fin, a la estación del metro. Ahora todo irá bien, pensé ingenuamente. Compré el tiquete del metro y el del bus que me lleva a mi casa. Ah, creo que no he mencionado que no se trataba sólo de sobrevivir al viaje de media hora del metro, sino también al trayecto de otra media hora del bus. No obstante, sentí un poco de tranquilidad al recibir los tiquetes. Mientras subía las escaleras para llegar a la plataforma, pasó un tren. Tranquilo, el otro no tardará, me dije. Ya habían pasado veinte minutos y aún no llegaba el otro tren. Ahora las cosas no estaban serenas. Dentro de mí, sentía unos fuertes retorcijones en la parte baja del abdomen, temblaba y tenía una profunda angustia. ¡Maldita sea!, pensaba, ¡estúpido metro!, ¡maldito al que se le ocurrió la estúpida idea del transporte público! Entre tanto, una voz anunció que “por motivos ajenos a nuestra voluntad, el siguiente tren tardará diez minutos en llegar”. Condenada suerte la mía, tenía que esperar aún más tiempo para poder iniciar el viaje. Me exasperé aún más cuando el muy zoquete que estaba encargado de dar los anuncios por el altoparlante decidió, faltando cinco minutos para la llegada del tren, anunciar, a cada minuto, cuánto más tardaba el tren: en cinco minutos llegará el tren, decía el mentecato, en cuatro minutos llegará el tren, insistía el muy imbécil… bueno, ya entendieron lo que estaba haciendo el pendejo del altoparlante. Mientras aquel sujeto llevaba a feliz termino su molesta empresa, yo sufría profundamente. Ya después de treinta minutos esperando al condenado tren, se dignó a llegar. Es lógico y comprensible que a este tren no le cupiera ni una persona más, pues las personas se acumularon en las estaciones anteriores, y cuando el mal nacido tren llegó a la estación en la que yo me encontraba no había manera de entrar en él. “El próximo tren llegara a la plataforma en tres minutos”, anunció el miserable del altoparlante. Y sí, efectivamente llegó, pero el hacinamiento también era desconcertante. Al parecer, pretendían resarcir su culpa y siguieron enviando trenes cada tres minutos. Luego de que pasaron otros dos trenes totalmente llenos, por fin pude abordar un tren con dirección a mi hogar. Por lo menos no está tan lleno, pensé. Sentía que iba a explotar, me dolía fuertemente la parte baja del abdomen. De tanto esperar ya mi ropa estaba seca. En general el viaje transcurrió sin contratiempos. Llegué a mi estación de destino, caminé lo más rápido que pude (pues me pareció un poco vergonzoso correr, además que, en el estado que me encontraba, era un poco peligroso) y llegué al lugar donde abordé el bus que me llevaría a mi casa.

Subí al bus. Estaba de mal humor y muy urgido. Un poco después, cuando ya el bus había iniciado su trayectoria, hizo una pequeña parada y allí, mientras yo sufría profunda y dolorosamente, se subió una mujer hermosa. Una mujer divina, tenía una altura promedio, cabello castaño, no muy largo, con un lindo corte; de piel blanca, un rostro delicado, con ojos grandes y negros (un negro profundo), una sonrisa simplemente perfecta, sus caderas tenían una curva deliciosa. En fin, una mujer muy bella, una de esas que vemos de lejos y soñamos inútilmente con tener el valor para ir a hablarles. Pero, cruel ironía, ella se sentó a mi lado, me saludo y me preguntó cuál era mi nombre. No faltaba más, me habló justo en esa situación, cuando me encontraba en el peor momento de mi agonía, cuando mi yo era un completo caos, me temblaban las manos y las piernas, sudaba, sentía retorcijones en mi estomago, precisamente cuando estaba más irritable que de costumbre; ustedes comprenderán, ese no era precisamente el mejor momento para que se cumpla el sueño de que una mujer hermosa se acerca a hablarle a uno. Respondí amablemente, tratando de ocultar mi agonía. Hablamos de cosas banales. Claro que sería más preciso decir que ella habló y yo simulé escucharla. Sin embargo, no estaba totalmente ausente en la “conversación”, oscilaba entre mi sufrimiento y las palabras de ella. No era una mujer muy inteligente, ni muy interesante, pero era muy bella. Mientras ella hablaba sin parar, yo simplemente hacia pequeñas participaciones esporádicas en la “conversación”. Por fin, llegué a mi destino. Como habrán comprendido, no me encontraba en mi mejor momento, así que hacer el papel de Don Juan resultaba un poco complicado, por no decir absurdo, así que simplemente dije adiós y me bajé. Sí, sin pedirle aunque fuera su número telefónico.

Ya estaba sólo a dos cuadras de mi casa, mi amado hogar, y lo más importante, estaba a tan solo unos pasos de mi cuarto de baño. Pero, cuando comencé a caminar, me encontré a un amigo con el que no hablaba hacia unos cuantos meses. Con la cordialidad y alegría del caso, él me saludo, he inició el cuestionario habitual: “¿Qué tal?, ¿cómo va todo?, ¿qué andás haciendo?” y cierra con el comentario de siempre: “hace tiempo que no hablamos, vení, vamos al bar de allí arriba, nos tomamos algo y hablamos un rato”. Ciertamente, yo acepté, pero le comenté que necesitaba ir a mi casa a hacer algo que sólo yo podía hacer. Él entendió y me dijo: “esta bien, nos vemos allá”.

Por fin llegué. Abrí la puerta de mi casa, corrí hasta el cuarto de baño y abrí la puerta de éste. Expulse de mí mi tormento. ¡Oh! Qué glorioso momento. Mientras lo hacía, hice un recuento mental de todo lo que sucedió en el viaje, y concluí que tal vez, sólo tal vez, hubiera sido un poco más conveniente haber entrado al sanitario del bar.

Por: Andrés Ospina Ramírez.