“Porque
la Belleza, Fedro mío, y sólo ella es a la vez visible y digna de ser amada”
Thomas
Mann.
H. A. caminaba lentamente hacia el Café
Abadía, al llegar buscó maquinalmente una mesa vacía, procurando no quedar
cerca del grupillo bullicioso que estaba en alegre reunión al lado norte del
café. El camarero se acercó amigablemente y preguntó qué desearía tomar, H. A.
pidió un café bien cargado. La música
era suave y serena, así que resolvió continuar su lectura. Unas páginas más
tarde, alejó su mirada de las viejas hojas y se percató de que, a varias mesas
de distancia, había una mujer –por lo demás, muy bella– tomando distraídamente
un café, al parecer frío. Estaba bastante absorto en la novela que
recientemente había comenzado a leer, así que en principio no prestó mucha
atención a la hermosa mujer. Continuó leyendo e intercalando los párrafos
con distraídas miradas. T.S. también lo miraba ocasionalmente.
H. A. suele ir al café Abadía con algo de
frecuencia, al igual que T. S. Se miran, siempre a lo lejos, como tratando de
encontrarse el uno en el otro. Sólo sus ojos saben los silencios que se dicen.
Pero no hablan, no se acercan, ella, tal vez, por un distante eco de moralidad, él quizá por alguna idea de no
condicionarla o porque cree que ni tomando un Martini le vendrá el coraje. Aún
así, cada vez que dirigen la mirada, el uno al otro, se examinan, cada mirada
es cuidadosamente profunda, se indagan y se contemplan suavemente. H. A.
comprendió, desde hace tiempo, que la experiencia de contemplar la belleza –que,
por supuesto, ella encarna– es maravillosa y abrumadora, y que le es impropio,
innecesario y extraño el afán. Además, sabe que puede ser simplemente un mirón,
un mirón sin vergüenza alguna que mira sin pudores ni tabús, que mira –que
contempla– la belleza que lo desborda.
Por: Andrés Ospina Ramírez