“Y cuando se piensan
cosas así acaba uno por sentir de veras mal gusto en la boca, y toda la
sinceridad del mundo no paga el momentáneo descubrimiento de que uno es una
pobre porquería”
Julio Cortázar
Eran cerca de las ocho cuando T. S. regresó a su departamento. Estaba un poco agotada por la larga jornada de
trabajo, el molesto almuerzo al medio día, las quejas lagrimosas que buscan
consuelo en ella y la monotonía que había adoptado en las últimas semanas la
sesión de yoga. Tomó una ducha para confortarse. Pensaba mucho, aunque no sabía
con certeza en qué; se sentía inquieta, aunque no sabía con seguridad el porqué;
no encontraba las palabras que le permitieran atrapar y nombrar todo aquello
que sentía; sólo sabía que era como tratar de navegar en río revuelto o, por
momentos, como el crujir simultáneo de doscientos seis huesos en una siniestra
sinfonía brahmsiana. Preparó algo para cenar siguiendo las prácticas
contemporáneas, pastas al estilo napolitano. Luego quiso leer un poco, pero
este pequeño y vano deseo desapareció rápidamente; en su lugar creció el antojo
de salir a caminar. Quizá, pensó, caminar ayude a aclarar la mente y perder la
sordidez y el desasosiego del espíritu.
Poco después de las once se
encontró a sí misma caminando sin un rumbo definido por las calles afortunadamente
solitarias. Amaba profundamente esas calles cuando estaban casi mudas, en ese
momento en el que el ruido estridente de la ciudad, con sus precipitados
humanos y sus humosos automóviles, estaba casi ausente. Caminó durante un rato
sumida en sus pensamientos. Cuando retrajo su atención de nuevo al mundo, se
sintió entusiasmada al ver la larguísima y desolada calle con sus faroles de
alumbrado a lado y lado, sus ruidos muertos y su encanto de sitio abandonado,
como el fin del mundo donde los leones lloran.
Cerca de la media noche quiso tomar
algo, así que caviló por un momento a dónde ir. Supuso que el Café Abadía
estaría cerrado a esa hora, pero recordó que había, cerca de allí, un pequeño
bar muy agradable, sabía cómo llegar, aunque tardó un poco en rememorar su
nombre: El rio sin fin. Pensó que la musicalidad del nombre estaría mejor en
inglés, The endless river tenía una
cadencia más encantadora que El rio sin
fin. Se puso en marcha, aunque sin afán alguno. Luego de unos veinte
minutos de camino llegó al bar, entró, se dirigió a la barra y pidió un Gin
Fizz. Se perdió unos momentos en la música, sonaba Out of nowhere (en esa sabrosa ballad
version de Charlie Parker) y en ella se sintió melodía, honda y vibración;
reflexionó que la música es mucho más que un ruido agradable que acompaña las
fiestas –como pensaba el viejo cascarrabias–. Este pequeño bar, con pocos
clientes, era un lugar plenamente apropiado para sumergirse en sí misma. Luego
de un par de horas y unos cuantos Gin Fizz (algunos de ellos con delicadas variaciones sugeridas por el bartender) quiso irse. Una vez más
caminó sin rumbo, sin mapa ni brújula.
Luego de un rato caminando, quiso
sentarse un momento a descansar, así que se dirigió a un pequeño parque. Caminó
lenta y suavemente hasta elegir un lugar. Se sentó apaciblemente. Encendió
un cigarrillo y fumó. Miró el humo ligero y armónico subir e irse
desordenadamente, era como escuchar a Johnny Carter tocar anacrónica y
fantásticamente su propia versión de Hesitant
de Eric Johnson. Tras la aparente expresión de serenidad de su rostro se
camuflaba su espíritu que experimentaba fuertes turbulencias. Trató, una vez
más, de entender su agitación, comprendió que haber adquirido hábitos y rutinas
constantes, como si fuese una hidra, no eran el motivo de su perturbación,
porque su espíritu oscilante lograba decapitar, de cuando en cuando, alguna
cabeza de la hidra para tener rupturas momentáneas y oxigenarse a sí misma.
Supo, finalmente, que lo que aquejaba su espíritu era aquella enfermedad
argentina que ataca muy deprisa, borra la sonrisa y cuyo único síntoma es que
no importa nada. Quizá su enfermedad no era más que un profundo tedio que se
veía interrumpido por ligeros atisbos de motivación.
Sintió un profundo dolor que
rápidamente se transformó en un pánico que sentía ascender como el trepar
reptante de las mancuspias. Quizá fuera el lugar, o la ginebra, o el
cigarrillo, o el dolor de la reflexión o, a lo mejor, todo junto. Además, desde
que salió de casa tuvo sensaciones exaltadas, con exageración de tiempo y
distancia. El pánico era enorme, indomable y abrumador. Así que corrió, corrió
tan rápido como las mefíticas exhalaciones de la ginebra se lo
permitieron.
Por: Andrés Ospina Ramírez