"Ante el papel blanco tiemblo como el muchacho ante la mujer desnuda."

Fernando González.

1 de junio de 2010

Venturas y desventuras con el fantasma.

Se sentó allí, en su silla, frente al escritorio, donde tenía ya preparadas todas las herramientas necesarias, un par de hojas en blanco, un lápiz, aunque ya muy pequeño, servía para el caso, y un borrador nuevo que compró esa misma tarde. Ya se acercaba el último día de plazo para la entrega del texto. Entre otras cosas, ya había intentado escribirlo, sin éxito, sin siquiera un pequeño avance. Aún tengo dos días, pensó, pero no se qué voy a escribir. Tenía varios temas en mente, el asunto es que la indecisión y la pereza son elementos fundamentales de su ser, y la suma de estas dos aptitudes tiene como resultado una profunda dificultad para empezar algo y también que todo lo termine, si logra terminarlo, en el momento preciso, en el último instante. Dos días, dos días son muy poco tiempo, qué haré, ¡maldición! cada vez se torna más difícil escribir algo. El reloj le mostraba que noche había avanzado, y, mientras tanto, las hojas permanecían en blanco. Ya cuando el sueño y el cansancio nublaron completamente su mente, decidió, sensatamente, ir a la cama y dormir un poco.


Se sentó nuevamente allí, en su silla, frente al escritorio, donde tenía ya dispuestas sus herramientas, aunque hoy tenía una nueva, el sacapuntas que compró esa misma tarde mientras caminaba hacia su casa, y como creyó que lo necesitaría, del cajoncito del lado derecho, sacó un lápiz nuevo, pues sospechaba que el pequeño lápiz no soportaría mucho. Pasó una hora, y nada, aun el papel seguía en blanco. Un día, ¡demonios! sólo un día. Luego de otra media hora, supo sobre qué iba a escribir. Lo comprendió justo en el momento en el que miró a su derecha y lo vio, con su elegante traje, su cabello blanco y su mueca intelectual. Él estaba allí, ese fantasma que lo ha perseguido desde que comenzó sus estudios; él era un fantasma obstinado, se resistía a desaparecer y cada vez reaparecía en el rincón más inesperado, algo similar, aunque diferente, a lo ocurrido con la tan reconocida mancha de sangre de Canterville Chase. Era particular que, aunque siempre lo había leído en castellano, imaginaba que el fantasma tenía un molesto acento alemán. Ahí estás de nuevo, dijo. Una vez más, apareció disfrazado de aquel libro verde, ese maldito libro que alguna vez, por fortuna o infortunio, compró en aquella bonita librería.


Ya que el fantasma se había tomado la molestia de aparecer, creyó que lo más apropiado era recurrir nuevamente a él para poder escribir el texto. Una vez más, sólo una vez más, prometo que la próxima vez no permitiré que me suceda lo mismo. Mientras tanto el fantasma lo miraba con un gesto de profunda incredulidad, pues ambos sabían, en el fondo, que no eran más que la misma promesa, la misma promesa vacía que, al igual que muchas otras, nunca se cumpliría.


La noche avanzaba, pero ahora por fin las hojas tenían marcas, las ideas fluían en su mente, todo iba perfectamente, así que decidió detenerse un momento. Salió de su cuarto, preparó un café, procuró que estuviera bien cargado, y encendió un cigarrillo. Miraba cómo se iba el ligero y tranquilo humo por la ventana. Falta poco para terminar, y también falta poco, tal vez demasiado poco, para la llegada del amanecer. Retomó su labor.


Luego de un par de estancamientos, comunes y propios de la labor de escribir, vio cómo con el punto final se desvanecía la delgada figura del fantasma. Se ha ido, pero volverá, seguro volverá. Por fin, ya no quedaba ni un miserable minuto de plazo, se levantó de su escritorio y corrió a entregar lo ya hecho.


Por: Andrés Ospina Ramírez.

2 de abril de 2010

Yo sí tengo un paraguas.

Una pequeña gota fue el aviso de la gran tormenta que se acercaba. En ese momento podrías correr rápidamente, huir de todo y buscar un lugar soleado y tranquilo; o podías quedarte allí, en medio de la lluvia, enfrentando tu borrasca. Sí, todos tenemos nuestra lluvia privada; y es grato persistir, porque es más divertido jugar bajo la lluvia que entregarse a la holgazanería del día pacífico y soleado. Pero ahora, que has decidido quedarte bajo la tempestad, pareciera que ya no puedes, o quizás simplemente no quieres, salir aunque sea sólo por un instante, para que aquella flor, aquella canción y aquel simple café no se estropeen por culpa de tanta agua. Yo, por mi parte, te prometo que cuando tu lluvia se calme un poco, abriré un paraguas para resguardarme de la lluvia, y así tener espacio para un beso, un abrazo, una conversación y, por qué no, el amor.


Por: Andrés Ospina Ramírez.

Una vez más la misma pelea.

Ahí está, sola, como a la espera de mi ataque. Empuño mi arma, la preparo y me arrojo al combate. Mi enemiga sigue serena, como si pensara que no puedo afectarla; es una bestia cruel y despiadada que difícilmente cede ante alguien, aunque también sea increíblemente frágil. Mi primer ataque le deja algunas marcas, sin embargo, inmediatamente concluyo que lo que he hecho no vale la pena, así que es necesario embestir de nuevo. Ella permanece inmóvil, pero esta vez la veo más esquiva, aún más indiferente. ¡Oh!, cuán terrible es luchar contra esa maldita y perversa hoja en blanco.


Por: Andrés Ospina Ramírez.

Simplemente conocidos.

¿Amantes? ¡no!, no llegaron a serlo; ¿amigos? ¡no!, no lograrían serlo; pero, quizá, podrían ser simplemente conocidos. Sí, conocidos… esa especie de relación que está realmente fuera del tiempo, en la que no importa el pasado, el presente ni mucho menos el futuro. Ese vínculo que uno tiene con aquellos que le importan poco o acaso nada, y que sin embargo saluda y pregunta: ¿cómo estás? A lo mejor para ellos esa clase de presencia sea más grata que la total ausencia.

Por: Andrés Ospina Ramírez.