"Ante el papel blanco tiemblo como el muchacho ante la mujer desnuda."

Fernando González.

2 de abril de 2010

Yo sí tengo un paraguas.

Una pequeña gota fue el aviso de la gran tormenta que se acercaba. En ese momento podrías correr rápidamente, huir de todo y buscar un lugar soleado y tranquilo; o podías quedarte allí, en medio de la lluvia, enfrentando tu borrasca. Sí, todos tenemos nuestra lluvia privada; y es grato persistir, porque es más divertido jugar bajo la lluvia que entregarse a la holgazanería del día pacífico y soleado. Pero ahora, que has decidido quedarte bajo la tempestad, pareciera que ya no puedes, o quizás simplemente no quieres, salir aunque sea sólo por un instante, para que aquella flor, aquella canción y aquel simple café no se estropeen por culpa de tanta agua. Yo, por mi parte, te prometo que cuando tu lluvia se calme un poco, abriré un paraguas para resguardarme de la lluvia, y así tener espacio para un beso, un abrazo, una conversación y, por qué no, el amor.


Por: Andrés Ospina Ramírez.

Una vez más la misma pelea.

Ahí está, sola, como a la espera de mi ataque. Empuño mi arma, la preparo y me arrojo al combate. Mi enemiga sigue serena, como si pensara que no puedo afectarla; es una bestia cruel y despiadada que difícilmente cede ante alguien, aunque también sea increíblemente frágil. Mi primer ataque le deja algunas marcas, sin embargo, inmediatamente concluyo que lo que he hecho no vale la pena, así que es necesario embestir de nuevo. Ella permanece inmóvil, pero esta vez la veo más esquiva, aún más indiferente. ¡Oh!, cuán terrible es luchar contra esa maldita y perversa hoja en blanco.


Por: Andrés Ospina Ramírez.

Simplemente conocidos.

¿Amantes? ¡no!, no llegaron a serlo; ¿amigos? ¡no!, no lograrían serlo; pero, quizá, podrían ser simplemente conocidos. Sí, conocidos… esa especie de relación que está realmente fuera del tiempo, en la que no importa el pasado, el presente ni mucho menos el futuro. Ese vínculo que uno tiene con aquellos que le importan poco o acaso nada, y que sin embargo saluda y pregunta: ¿cómo estás? A lo mejor para ellos esa clase de presencia sea más grata que la total ausencia.

Por: Andrés Ospina Ramírez.