Una pequeña gota fue el aviso de la gran tormenta que se acercaba. En ese momento podrías correr rápidamente, huir de todo y buscar un lugar soleado y tranquilo; o podías quedarte allí, en medio de la lluvia, enfrentando tu borrasca. Sí, todos tenemos nuestra lluvia privada; y es grato persistir, porque es más divertido jugar bajo la lluvia que entregarse a la holgazanería del día pacífico y soleado. Pero ahora, que has decidido quedarte bajo la tempestad, pareciera que ya no puedes, o quizás simplemente no quieres, salir aunque sea sólo por un instante, para que aquella flor, aquella canción y aquel simple café no se estropeen por culpa de tanta agua. Yo, por mi parte, te prometo que cuando tu lluvia se calme un poco, abriré un paraguas para resguardarme de la lluvia, y así tener espacio para un beso, un abrazo, una conversación y, por qué no, el amor.
Por: Andrés Ospina Ramírez.