"Ante el papel blanco tiemblo como el muchacho ante la mujer desnuda."

Fernando González.

15 de octubre de 2014

En el Café Abadía

“Porque la Belleza, Fedro mío, y sólo ella es a la vez visible y digna de ser amada”
Thomas Mann.

H. A. caminaba lentamente hacia el Café Abadía, al llegar buscó maquinalmente una mesa vacía, procurando no quedar cerca del grupillo bullicioso que estaba en alegre reunión al lado norte del café. El camarero se acercó amigablemente y preguntó qué desearía tomar, H. A. pidió un café bien cargado. La música era suave y serena, así que resolvió continuar su lectura. Unas páginas más tarde, alejó su mirada de las viejas hojas y se percató de que, a varias mesas de distancia, había una mujer –por lo demás, muy bella– tomando distraídamente un café, al parecer frío. Estaba bastante absorto en la novela que recientemente había comenzado a leer, así que en principio no prestó mucha atención a la hermosa mujer. Continuó leyendo e intercalando los párrafos con distraídas miradas. T.S. también lo miraba ocasionalmente.

H. A. suele ir al café Abadía con algo de frecuencia, al igual que T. S. Se miran, siempre a lo lejos, como tratando de encontrarse el uno en el otro. Sólo sus ojos saben los silencios que se dicen. Pero no hablan, no se acercan, ella, tal vez, por un distante eco de moralidad, él quizá por alguna idea de no condicionarla o porque cree que ni tomando un Martini le vendrá el coraje. Aún así, cada vez que dirigen la mirada, el uno al otro, se examinan, cada mirada es cuidadosamente profunda, se indagan y se contemplan suavemente. H. A. comprendió, desde hace tiempo, que la experiencia de contemplar la belleza –que, por supuesto, ella encarna– es maravillosa y abrumadora, y que le es impropio, innecesario y extraño el afán. Además, sabe que puede ser simplemente un mirón, un mirón sin vergüenza alguna que mira sin pudores ni tabús, que mira –que contempla– la belleza que lo desborda.


Por: Andrés Ospina Ramírez

29 de septiembre de 2014

Carta a una Señorita al otro lado del río

T. S., hoy, junto al río y justo al lado del camino, he venido a pensar(te); hoy, al igual que todos los días de las últimas semanas, trato de entender(te), sólo que hoy decidí escribir(te) esta carta –desordenada al igual que mis pensamientos– que no será enviada (¿a quién o a qué dirección podría remitirla?). No obstante, aunque nunca sea leída, será y eso basta para darle algo de sosiego a mi inquieto espíritu deseoso de habitar un espacio cálido y tranquilo.

Hubo un ligero atisbo de fe, un pequeño destello de ilusión al verte –como si fueras la versión con cabello corto de la Venus de Botticelli; con aquel rostro delicado, aquellas manos pequeñas y delgadas, aquellas caderas de formas suaves y seductoras– y escucharte –esas pocas palabras cruzadas y pronunciadas con esa voz decidida, segura y sensual, esas palabras que delatan tu profunda inteligencia y tu innegable ego–; y comprendí que sí puedo llegar a tener ilusión, aunque sea tonta y prematura, y que la estepa no me es propia.

Hoy, y esto también es diferente, no pensaré en el porqué no sientes interés por mí, no imaginaré las cosas que podrían haber pasado, no esperaré el mensaje que no ha de llegar, no anhelaré la conversación que nunca tendremos. Porque hoy entendí que me quedaré como Pessoa esperando que abran la puerta de un muro sin puerta. Porque, haciendo caso a la sugerencia, comeré chocolates como la pequeña sucia. Así, aunque no estemos en la misma orilla del río y nuestros caminos no se acerquen, he comprendido, gracias a tu simpático desdén, que mi corazón alberga algo de fe y que podrá haber un momento en que el amor deje de serme ajeno.

Ahora, afectuosa y desinteresadamente.

H. A.



Por: Andrés Ospina Ramírez