T. S., hoy, junto al río y justo al
lado del camino, he venido a pensar(te); hoy, al igual que todos los días de las
últimas semanas, trato de entender(te), sólo que hoy decidí escribir(te) esta
carta –desordenada al igual que mis pensamientos– que no será enviada (¿a quién
o a qué dirección podría remitirla?). No obstante, aunque nunca sea leída, será y eso basta para darle algo de
sosiego a mi inquieto espíritu deseoso de habitar un espacio cálido y
tranquilo.
Hubo un ligero atisbo de fe, un
pequeño destello de ilusión al verte –como si fueras la versión con cabello
corto de la Venus de Botticelli; con aquel rostro delicado, aquellas manos
pequeñas y delgadas, aquellas caderas de formas suaves y seductoras– y escucharte –esas pocas palabras cruzadas y pronunciadas con esa voz decidida, segura y
sensual, esas palabras que delatan tu profunda inteligencia y tu innegable ego–; y comprendí que sí puedo llegar a tener ilusión, aunque sea tonta y prematura, y
que la estepa no me es propia.
Hoy, y esto también es diferente,
no pensaré en el porqué no sientes interés por mí, no imaginaré las cosas que
podrían haber pasado, no esperaré el mensaje que no ha de llegar, no anhelaré
la conversación que nunca tendremos. Porque hoy entendí que me quedaré como
Pessoa esperando que abran la puerta de un muro sin puerta. Porque, haciendo
caso a la sugerencia, comeré chocolates como la pequeña sucia. Así, aunque no
estemos en la misma orilla del río y nuestros caminos no se acerquen, he
comprendido, gracias a tu simpático desdén, que mi corazón alberga algo de fe y
que podrá haber un momento en que el amor deje de serme ajeno.
Ahora, afectuosa y
desinteresadamente.
H. A.
Por: Andrés Ospina Ramírez
Un final maravilloso.
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