"Ante el papel blanco tiemblo como el muchacho ante la mujer desnuda."

Fernando González.

29 de septiembre de 2014

Carta a una Señorita al otro lado del río

T. S., hoy, junto al río y justo al lado del camino, he venido a pensar(te); hoy, al igual que todos los días de las últimas semanas, trato de entender(te), sólo que hoy decidí escribir(te) esta carta –desordenada al igual que mis pensamientos– que no será enviada (¿a quién o a qué dirección podría remitirla?). No obstante, aunque nunca sea leída, será y eso basta para darle algo de sosiego a mi inquieto espíritu deseoso de habitar un espacio cálido y tranquilo.

Hubo un ligero atisbo de fe, un pequeño destello de ilusión al verte –como si fueras la versión con cabello corto de la Venus de Botticelli; con aquel rostro delicado, aquellas manos pequeñas y delgadas, aquellas caderas de formas suaves y seductoras– y escucharte –esas pocas palabras cruzadas y pronunciadas con esa voz decidida, segura y sensual, esas palabras que delatan tu profunda inteligencia y tu innegable ego–; y comprendí que sí puedo llegar a tener ilusión, aunque sea tonta y prematura, y que la estepa no me es propia.

Hoy, y esto también es diferente, no pensaré en el porqué no sientes interés por mí, no imaginaré las cosas que podrían haber pasado, no esperaré el mensaje que no ha de llegar, no anhelaré la conversación que nunca tendremos. Porque hoy entendí que me quedaré como Pessoa esperando que abran la puerta de un muro sin puerta. Porque, haciendo caso a la sugerencia, comeré chocolates como la pequeña sucia. Así, aunque no estemos en la misma orilla del río y nuestros caminos no se acerquen, he comprendido, gracias a tu simpático desdén, que mi corazón alberga algo de fe y que podrá haber un momento en que el amor deje de serme ajeno.

Ahora, afectuosa y desinteresadamente.

H. A.



Por: Andrés Ospina Ramírez